Reza el dicho que “en la vida la mitad es deseo y la otra mitad es descontento”, algo similar nos ocurre a los usuarios de la caja tonta cuando nos preguntamos por esta televisión que tenemos (la más y mejor vista de la historia de las ondas hertzianas) y por aquella televisión que deseamos.
Un reciente estudio realizado por IforTV para la Asociación de Usuarios de la Comunicación (AUC) revela una importante insatisfacción con los contenidos y programación de la ya consolidada a nivel nacional Televisión Digital Terrestre. Si bien un 56% de los encuestados reconocen mejoras en la variedad de la oferta y la calidad de la recepción de la señal, existe un 48% que afirma sentirse decepcionado por la baja calidad de muchos contenidos, el abuso de la repetición de programas y series, y las dificultades técnicas de acceso (sintonización, pixelado de la imagen o pérdida de ella y resintonización de canales).
La nueva televisión prometía nuevas apuestas y creaciones originales, una mayor oferta en un sector que crecería en calidad y competitividad. Un año y medio después se puede afirmar que la televisión digital es un auténtico fiasco. La baja calidad de los numerosos programas “low cost”, la poca originalidad de los mismos y la constante repetición de contenidos con el único afán de llenar y rellenar la parrilla han terminado por hastiar a una buena parte de los usuarios (sobre todo los jóvenes) que cada vez dedican más atención a otros medios como Internet. Tanto es así que podríamos rebautizar la nueva televisión como la gran Decepción Digital Terrestre.
La AUC ha pedido a las cadenas un mayor esfuerzo para garantizar contenidos innovadores de calidad, un aumento en las emisiones de HD y 3D y un mayor desarrollo de los servicios interactivos que enriquecen la TDT, algo que suena cuanto menos inocente si tenemos en cuenta el desarrollo del mercado audiovisual en los últimos años.
Con unas cadenas únicamente preocupadas por hacer el agosto y pillar un buen bocado en la tarta de la publicidad, un sistema de medición de audiencias puramente cuantitativo que perpetúa la dictadura de las masas, un público narcotizado que consume corazón y deporte a partes iguales como si no existiera nada más y unos medios de información más preocupados por implantar pensamientos que por contar la verdad (o algo que se aproxime a la entelequia), parece difícil que haya motivos para que alguien invierta en la producción de contenidos audiovisuales nuevos, originales y de mayor calidad.
En este país la cultura está de vacaciones y con ella la buena televisión. De nada servirán 1080 líneas de HD o los contenidos 3D e interactivos si las cadenas y productoras no explotan todas sus posibilidades.
La constante repetición de programas, el absoluto dominio de las producciones norteamericanas y toda una suerte de infames canales de teletienda, videncia, esoterismo y pornografía son las señas de identidad de la nueva televisión.
Las cadenas ya no producen y lo que es más, las productoras producen cada vez menos. El mercado audiovisual y cinematográfico español se hace cada vez más pequeño a la sombra de otros mucho más potentes. Mientras tanto la industria audiovisual española languidece con miles de profesionales cualificados que cada vez más, engrosan las listas del paro en espera de que alguna cadena o productora arriesgue y apueste por una producción de calidad.
Por ello serán fundamentales las políticas de regulación de un sector que ya ha demostrado repetidas veces (véase cadenas como Telecinco) que es capaz de una degeneración y prostitución sin límites, con el fin de conseguir un modelo de televisión competitivo, de calidad, respetuoso con los valores y la cultura y capaz de aprovechar todos los recursos proporcionados por las nuevas tecnologías.


